CENTRO DE ESTUDIOS JUNGUIANOS

 

 

Comentarios

sobre la psicogénesis del Poder

en la Infancia

y sus Implicaciones en la familia.

 

 


Luis Caldera Tosta

 

"Soy una parte de aquel poder

que siempre quiere el mal

 y siempre obra el bien…"

(Mefistófeles en Goethe, 1987).

 

Resumen.

 

    El presente es un breve ensayo con la intención de reflexionar sobre algunas experiencias surgidas en mi práctica analítica particularmente como terapeuta de familia, niños y adolescentes, que manifiestan relaciones de poder. Estas observaciones se agrupan para derivar conclusiones de orden arquetipal de manera de no considerar el tema del poder como un asunto moral sino como un hecho clínico y fenomenológico indiscutible y que por tanto requiere de una revisión psicodinámica. Las conclusiones son de carácter práctico tanto para el psicoterapeuta de familias como para una comprensión psicológica del complejo arquetipal eros-poder. También se proponen algunas observaciones de carácter ético-existencial.

 

    El poder aparece en la naturaleza desde el mismo momento en que surge la vida. Y es que la vida es indisoluble de la muerte. La vida es lucha, es batallar contra las adversidades, es adaptación, es desarrollo y supervivencia, en suma, la vida se sustenta ante nada en el instinto de supervivencia. Todo ser vivo busca su protección, genera conductas, mecanismos fisiológicos, despliega una complejidad biológica cuando se enfrenta ante cualquier adversidad. Y la adversidad, la amenaza, el desamparo, el abandono, la catástrofe, es decir todo aquello que activa el instinto de supervivencia, es en una sola palabra un desequilibrio en las fuerzas del poder. O es algo más fuerte que yo o yo soy más fuerte que ese algo. No importa de donde provenga ni las características de lo que genera la tensión vida-muerte, es siempre una circunstancia, hecho, cosa, fenómeno, ser vivo que posee una fuerza igual o mayor y ante la cual no queda otro remedio que luchar. Ese algo puede ser minúsculo como una bacteria, un virus o un parásito o enorme como un huracán, un terremoto o un volcán.

 

    Aquello que llamamos Poder no posee características morales, como todo lo que ocurre en la naturaleza, el poder es una realidad más de las diversas fuerzas del cosmos. Tan igual como un hermano rivaliza con otro, desde Caín y Abel, a las desavenciencias familiares más templadas hasta una estrella que destruye a otra en el vasto infinito, todo es lo mismo, la lucha de lo más fuerte contra lo más débil.

 

    El poder como cualquier fuerza de la naturaleza aparece en cada rincón del universo. Y en uno de esos recovecos se encuentra un niño o niña que nace en una familia. Este niño es débil, indefenso, totalmente dependiente. La indefensión está rodeada de muerte y también de poder. Sólo es el poder calibrado con amor, el poder de alguien más fuerte que él, su madre por ejemplo, quien podrá protegerlo, darle amor, afecto, alimento y vida. Un poder igual al bebé no es suficiente, otro bebé no lo puede ayudar. El bebé sobrevivirá gracias a lo que otro con más fuerza, recursos, alimento y seguridad pueda brindarle.

 

    Pero más temprano que tarde cuando el bebé, igual es decir un cachorro porque esta vicisitud es totalmente animal, comience a poseer un mínimo de control sobre sí mismo y una primitiva consciencia que también poseen todos los seres vivos,   el instinto de supervivencia comenzará a luchar para que nuestro pequeño ser busque hacerse un lugar en la vida. Y esta dinámica es siempre una oposición. El bebé llora, el perrito chilla, la larva se agita, el sapito se mueve, cada ser vivo indefenso pero con un mínimo de vida y consciencia busca alimento, atención, cariño, protección. Para ello utiliza todos sus recursos desde gritar, patalear, tirarse al piso, moverse sin parar, pasando por la ternura, pasión que surge del oscuro mundo del Hades, hasta el silencio y la parálisis, el mutismo, el autismo y la propia enfermedad. Son todas formas de oponerse a la muerte: nuestro niño utiliza todos los recursos disponibles para a su vez doblegar aquel poder que posee lo que necesita, poder que posee la madre, el calor del sol, el alimento de la tierra o el frescor del agua.

 

    Ya definido el instinto de supervivencia y su íntima relación con el poder vamos a centrarnos en asuntos más humanos, sin que por ello consideremos que sea algo distinto a lo que ocurre en el resto de la naturaleza. Vale decir que los seres humanos, desde el momento en que poseemos el pensamiento simbólico buscamos hacer lo mismo que cualquier pequeña larva o parásito, arrebatar lo que otro tiene y que yo necesito, pero como la simbolización nos abre el mundo a lo imaginario, y los seres imaginarios son los seres divinos, entonces buscamos arrebatarle poder a los dioses (Jung, 1993). La dinámica hybris-némesis, posee su origen en el mismo instinto de supervivencia del más primitivo de los seres vivientes.

 

    Nuestro bebé despliega toda clase de defensas omnipotentes ya que él conscientiza el mundo de acuerdo a sus impulsos y necesidades. Un bebé es un dios en potencia y una madre es una diosa aún más poderosa. Sol, Luna y Tierra pasan a tener su representación afectiva en el triángulo familiar edípico clásico: Padre, Madre, Hijo (Jung, 1993). Se inician las fuerzas centrífugas y centrípetas bases dinámicas del universo, respectivamente las fuerzas que empujan al bebé hacia fuera de la familia y las fuerzas que empujan al bebé hacia dentro de la familia (Beavers y Hampson, 1990). El bebé se va haciendo cada vez más autónomo y por ende mas fuerte y por tanto con más posibilidad de luchar por el poder. Ocurre un acontecimiento que marca una tremenda diferencia en el transcurrir de la vida familiar: el bebé aprende a caminar y junto con ello gana autonomía y se carga de una enorme curiosidad, la batalla se agudiza. No toques esto, no toques lo otro, no te montes en la ventana, no comas tierra, no agarres el cuchillo, no metas el dedo en el enchufe, no muerdas al perro, no corras hacia la calle, no metas el dedo en la cocina, no, no, no y no. ¿Quién dice esto? La madre, el padre, el hermano mayor, la abuela, o sea quien tenga más poder. Y sin embargo el niño no deja de hacerlo una y otra vez.

 

    Los padres están obligados a utilizar el poder, el instinto de supervivencia, la vida que se abre paso entre la muerte, no deja otro remedio. Pero los padres ¿saben utilizar ese poder? Es más, ¿poseen los padres consciencia del poder que tienen o simplemente lo sienten, lo utilizan y no saben lo que tienen en su mano? Nuestra cultura ha satanizado el poder. Es Maquiavelo quien reflexiona seriamente sobre el asunto, como un hecho real e inevitable, nos orienta y aconseja en torno a la sabia y pragmática utilización del poder (Granada, 1999). Pero qué es lo que él consiguió, que su nombre quedara como una especie de reencarnación de Satanás. Todos los presentes asocian la palabra Maquiavelo con el mal.

 

    Y con el mal se asocia a nuestro niño de 2 o 3 años quien ahora pasa a utilizar el armamento de sus heces y orina para atacar al enemigo. Cuantas madres se encuentran al borde de un ataque de nervios cuando su pequeño bebé deja de manera intencional sus excrementos en los zapatos, o cuando deciden morder de manera imprevista o cuando se golpea gravemente luego de una travesura. Estas ofensas son vividas como ataques, ciertamente lo son, que ponen en jaque la salud mental de los adultos de la familia. Todo ello porque la agresividad del adulto, su orgullo y el orden familiar han sido terriblemente transgredidos por las funestas armas de nuestro pequeño bebé. El odio estructura los límites familiares, el odio se mezcla con el poder para entonces dar paso a dos opciones: si odio-poder no son plenamente conscientizados entonces los complejos individuales de los padres activan la proyección de la sombra en el niño y el niño no sólo será castigado sino que sobre él recaerá toda la conflictivad de sus padres; pero si los padres poseen consciencia del odio-poder entonces sabrán utilizar el poder para estructurar y educar en la convivencia y el respeto donde pueden perfectamente conciliarse el amor con el pragmatismo.

 

    Esto sigue avanzando siguiendo el viejo dicho: "niño chiquito problema chiquito, niño grande problema grande". Ahora el adolescente roba el carro de la mamá, choca, se cae a golpes, fuma, llega tarde, se acuesta con la novia en la cama de la mamá mientras ella trabaja dejando el "reguero" de fluidos en la colcha, deja el cuarto desordenado, compite con las amigas por el hilo dental más llamativo, se embaraza y luego aborta mientras la familia cree que tiene un terrible malestar estomacal, se escapa del colegio, le falta el respeto a la monja, le revienta una bombita de agua en la cabeza a la directora del colegio, no estudia, raspa todas las materias, en fin, transgrede toda clase de normas familiares y sociales. La madre, usualmente sola en estos menesteres en nuestra cultura mientras que el padre que es realmente imprescindible en la adolescencia está ausente, siente que el poder se le acaba, el muchacho no le hace caso, no la respeta, le grita e incluso la agrede. La violencia, cara necesaria del poder, arremete para demostrar quien es el más fuerte. Las peleas de los adolescentes con sus padres son realmente dramáticas y en particular, según lo que he observado a través del pequeño muestreo de mi consulta, las muchachas adolescentes con sus madres pueden llegar a batallas que finalizan con la muerte de una de las dos. Los padres sufren básicamente por una sola cosa porque pierden el poder sobre sus hijos. Pero eso iba a pasar algún día, cómo es que nunca lo previeron, porqué no nos preparamos para lo inevitable. Una cultura que no vela por la felicidad es una cultura que no vela por lo obvio. Y lo obvio es que si hay vida hay muerte, si hay indefensión y supervivencia hay poder. ¿Qué sabemos sobre la vida? El termómetro lo da lo que sabemos sobre la muerte. ¿Qué sabemos sobre la ternura, el dolor y el amor? Lo que sabemos sobre el poder. En mi consulta como terapeuta de familias he observado que a mayor desconexión afectiva entre los miembros mayor miedo al poder hay. Nuestra madre no toma consciencia de que ha perdido poder, ya no es su bebé, ahora otros también tienen más poder sobre él, sus compañeros, la novia, el internet, el grupo de rock, el reggaetón, la discoteca, el alcohol, el sexo, mientras el papá latinoamericano, padre machista, excluido y autoexcluido de la familia matricéntrica (Moreno, 1993) ha compensado la ausencia de poder en el hogar con poder monetario, poder político, poder social. La historia de nuestros políticos es la historia de nuestras familias, los políticos son un cero a la izquierda en sus familias por eso no les interesa el bienestar social sino el individual. En el año 1998 ocurrió un evento sociopolítico interesante en Venezuela: Irene Sáez iba a convertirse en Presidente de nuestro país, pero en un acting inconsciente al aliarse con los copeyanos, decretó su rendición. Pocos años después supimos las razones emocionales de esta actuación, ella quería ser mamá. Qué ocurrió luego de que Sáez se autoexcluyera del juego político luego de estar en el tope de las encuestas de preferencias presidenciales, el típico hombre venezolano se alzaría con el poder para finalmente vivir entre mujeres, amigos, poder y dinero; sus esposas se retirarían a casa de su madres para criar a sus hijos.

 

    Los padres al no tomar consciencia de la pérdida de poder en el adolescente ni del duelo por el niño-bebé, se quitan a sí mismos la posibilidad de utilizar un poder mucho más fuerte que el poder físico. Es que hasta ahora ha sido la superioridad física la que ha marcado la gerencia del poder doméstico. El poder de la experiencia, el poder de la reflexión, el poder del amor, la compasión y la empatía, el poder que otorga el amor propio llevado a sus últimas y serias consecuencias que implican un sacrificio del ego (Dalai Lama, 2003; Jung, 1992), es el poder que tanto temen los padres utilizar. Este poder que es un sucedáneo, descendiente directo de aquel poder violento sustentado en el instinto de supervivencia, sólo que transformado en el vaso alquímico de la experiencia reflexiva, poder que se mezcla con la búsqueda seria de la felicidad (Dalai Lama, 2003), ambición despreciada en occidente, es el poder que realmente da forma y estructura al caos, es el poder que se obtiene cuando el ego se rinde humildemente a la majestad del self, sin que por ello el ego renuncie a su funcionalidad, esta última es la vía psicótica.

 

    Pensemos por un momento sobre nuestra reacción ante el poder, la lujuria, la envida, el odio, la venganza, la transgresión, la rebeldía, entre otras. Como psicoanalistas, como estudiosos del alma, como psicoterapeutas, nuestra función es comprender no juzgar. El pensamiento occidental aún mantiene fuerte tabúes sobre estos y otros tópicos y sataniza fenómenos humanos o los califica en términos morales creyendo que de esa forma los comprende. Hace muy poco escuché a una importante psicoanalista decir que la envidia siempre es mala. Tal juicio es de orden moral. La envidia no es ni buena ni mala, la perversión, la violencia, la psicopatía, la mentira y por supuesto el poder no son ni buenos ni malos, son fenómenos susceptibles de estudio y comprensión. Esta postura no excluye la reflexión y la decisión ética. Por ejemplo, como psicólogo psicoterapeuta debo comprender al homicida que busque ayuda más no por ello tengo que renunciar a una postura ética personal que haga que mi decisión sea no atenderlo por ejemplo. Esta decisión obedece a una convicción personal que no debe confundirse con tal o cual teoría psicológica. Lo que ocurre en muchos casos es que ambas posturas se funden lo cual es comprensible ya que somos seres individuales, pero hasta un retardado mental es capaz de entender que es posible que uno pueda separar y tomar distancia ante distintos aspectos de la vida.

 

    La lucha de poder dentro de una familia es un hecho clínico indiscutible tanto como que el niño utiliza toda clase de manipulaciones, berrinches y rebeldías para obtener lo que quiere, esto es poder. Este poder es la búsqueda egoísta del bienestar individual. ¿Qué hay de malo en ello?, ¿quién no piensa en su bienestar? (Savater, 1999) Todo síntoma es una manifestación de la tensión de opuestos entre una necesidad, deseo o pulsión individual y los recursos disponibles más las posibilidades de que esa individualidad sea satisfecha. La solución de nuestra cultura es acabar con la individualidad la cual se colará en la sombra colectiva bajo la forma del individualismo torpe y egoísta que predomina en nuestra sociedad.

 

    Hace poco dictando una charla para adolescentes del último año de bachillerato les hablé sobre la necesidad de tomarse en serio el egoísmo. Todos brincaron y rechazaron la idea, les parecí pavoso, cruel, un poco malvado y por supuesto inmoral. Estos mismos adolescentes luego actúan egoístamente y su conducta es vivida y expresada tras la sombra colectiva. No podemos seguir luchando en contra del poder, en contra de los instintos, en contra de los arquetipos, en contra de la naturaleza. Conocer nuestro egoísmo, saber que tenemos la posibilidad de sentirnos bien y que eso no sólo no tiene que entrar en contradicción con el bienestar colectivo sino que es exactamente todo lo contrario (Savater, 1999, 2000; Dalai Lama, 2003), es una de las funciones de los artesanos del alma. En las artes marciales se busca la paz a través del conocimiento y dominio de la violencia.

 

    Entonces el poder tiene que dejar de ser algo horrible, diabólico, que sólo puede estar en manos de unos políticos sombríos, corruptos, desprestigiados, perversos y ambiguos. Es una obligación inevitable para los padres ejercer el poder en la familia. Entonces hay que estudiarlo detenidamente conocer su psicodinamia, sus bases arquetipales y biológicas, sus consecuencias sociales; sólo entonces la decisión será plenamente ética (Savater, 2000; Jung, 1993). El poder es hermano gemelo del amor propio, caras de un mismo arquetipo, opuesto que pueden hacer surgir una imagen global superior.

 

    Quizá estás breves reflexiones nos ayuden a entender la naturaleza del poder del cual habla Mefistófeles cuando Fausto le pregunta "¿quién eres tú?":

 

Luis Caldera Tosta,

Psicólogo Clínico - Analista Junguiano. AVPA. IAAP.

 

  

 

Referencias bibliográficas

Beavers, WR y Hampson, RB (1990), familias exitosas. Evaluación e Intervención. Nueva York: WW Norton & Company de Nueva York-Londres.

Dalai Lama, (2003), Las Cuatro Nobles Verdades. Barcelona: Ed.. De Bolsillo.

Goethe, J. W., (1987), Fausto. Madrid: Ed.. Cátedra

GRANADA, MA en CAMPS, editora V., (1999), Historia de la Ética. Vol. 1. Barcelona: Ed.. Crítica.

JUNG, C. G., (1992), Aion. Contribución a los simbolismos del sí-mismo. Barcelona: Ed.. Paidós.

Jung, CG, (1993), Símbolos de Transformación. Barcelona: Ed.. Paidós.

MORENO, A. (1993), El aro y la trama. Episteme, modernidad y pueblo. Caracas: Centro de Investigaciones Populares (CIP).

Savater, F. (1999), Las Preguntas de la Vida. Bogotá: Ed. Ariel. 35ed.

Savater, F. (2000), Ética para Amador. Bogotá: Ed. Ariel. 35ed.

  

 

  Trabajo presentado en el I Coloquio de Psicología Analítica: Eros y Poder. Organizado por la Asociación Venezolana de Psicología Analítica, AVEPA, Junio 2006, Caracas.

Sin el alma, no hay forma de salir de este tiempo" C.G.Jung