La Luna, El Casabe, los Petroglifos, las Wapas y el Ëttë:
Cuando el Mono Kushu
hurtó la luna
en la más bella de las matas.
Cuando nuestro único alimento era la tierra…
Mariano Fernández
También es privativo de la magia de la Luna el origen de su nombre. De dos raíces indoeuropeas: leuskna, que significa brillar, y men/mens, que significa mes, derivaron en múltiples idiomas conceptos opuestos y paradójicos, que adjetivan su poder. Así, de leuskna proviene Luna en cuanto a luz, lucero, luminoso, lucir, ilustrar, vislumbrar... Pero también lunático. Y también Luna de Miel: esos días de arrobamiento y fantasía que se solapan con lo patológico, en que enamorados ella pide la Luna y él se la ofrece, al tiempo que los perros y los necios Ladran a la Luna, y otros tantos, como distraídos; como soñando, están en la Luna y ¡cómo cuesta bajarse!... Los griegos del siglo I d.C., tenían un vocablo: seleniázomai, para designar al epiléptico. Palabra compuesta, de selene, luna, y tal vez de söma, cuerpo, forma hinchada. Que es como si dijéramos, metérsele a uno la luna en el cuerpo o estar somatizado o enfermo de luna.
Y lo interesante es que de men/mens proviene mes, voz que también es luna en diversos idiomas… Mes: cada una de las doce o trece partes en que se divide un año, sea éste solar o lunar. Para ser más específicos, mes es el tiempo que transcurre desde que la Luna está en su apogeo hasta que vuelve a él. Es decir, que la Luna (en logos) es tiempo que mide. Es el primer instrumento de mensura. Y como vimos, (en emoción) es el primer atisbo de locura…
Por otra parte a las cosas había que colocarlas en un espacio que no era infinito; que era limitado para que fuera comprensible y manejable. Por eso, mesa, que proviene del latín mensa, es el utensilio para colocar principalmente el alimento; y por extensión es comida, es plato y es manjar. Una palabra que se aplicó a una antigua torta plana tan blanca y redonda como la luna llena. Un disco de harina hecho alimento básico, del tamaño que marcaba la intuición, y que como hostia pagana se ofrecía a los dioses.
Lo bueno del caso, es que lo que estaba pasando por allá por los viejos mundos, también ocurría por acá. Por este nuevo continente.
En el comienzo de los tiempos, cuando nuestro único alimento era la tierra, el mono Kushú supo que los habitantes del cielo cultivaban la planta de yuca. Sabiendo como nos acuciaba el hambre y sólo comíamos tierra, voló hacia el cielo supremo donde descubrió el claro fecundo. Hurtó sigilosamente la más bella de las matas de yuca, la escondió debajo de sus uñas negras y atravesó los cielos inferiores hacia la tierra donde sembró la raíz celeste. Desde ese día nos saciamos con los frutos generosos que nos da ese Árbol de Vida que sólo pueden sembrar nuestras madres quienes llevan en ellas la vida, de nuestra tribu…
Así, entre los primeros alimentos antes de que diéramos con el maíz y el europeo trajera el trigo y sus derivados, nuestro aborigen hizo el casabe, inventado en una delicada operación alquímica con la que despojó de su corteza a la yuca amarga, o agria, o brava. La ralló y al prensarla y exprimirla en sebucán le extrajo el venenoso yare, que no es otra cosa que ácido prúsico disuelto en almidón. Finalmente, cernió la harina en un manare o en una wapa, y sobre el fuego extendió la blanca, fibrosa, húmeda y delgada pasta. Como quien diseña un mandala: adivinó un centro; un punto, y desde ese núcleo imaginado, no marcado sino propuesto, lo prolongó en periferia y en radios iguales, lo que dio lugar a una circunferencia perfecta. A la medida de la psique y a la medida del hombre y hasta donde alcanza su brazo. Casabes extendidos al sol. Secándose. Como lunas recibiendo al sol para transmitirlo en nutrición. Según una crónica del siglo XVIII, “el pan más universal de todos los países calientes”, que alimenta a los vivos, provee a los muertos y deshace encantamientos.
Sólo las madres Pueden sembrarla
Recibiendo como una luna al sol ...
En una gran caverna abierta en la montaña
Comenzó a rehacerse el Mundo...
Y así ocurrió también con los petroglifos y las pinturas rupestres, circulares huellas imborrables en la roca y en la penumbra de las cuevas.
Cuando Amalivaca –semidiós de los tamanacos, llegó a la Encaramada, pintó sobre la roca Tepumereme las figuras de la luna y del sol, atracó luego en una gran caverna abierta en la montaña, y comenzó a rehacer el mundo…
La evolución de la conciencia permitió a nuestros indígenas expresarse más allá de la mimesis de la naturaleza circundante. Lejos de ser un hombre aplastado por los elementos, el aborigen es un ser que observa, clasifica y ordena, y en esos afanes, la redondez y la circularidad son motivo común. Un motivo mandala venezolano, o digamos amerindio, para incluir otras etnias del continente. Dibujos o bajos relieves que simbolizan a su modo la totalidad natural y espontánea sembrada en genes por el inconsciente colectivo y por tanto pintado desde siempre en imaginación, para después cuajar en cultura al abrir los surcos en los piedra con la concha de un caracol, o al pintar la roca con una savia abrasiva que disuelve la materia.
En nuestro país, los petroglifos están diseminados por todo el territorio nacional: sobre grandes y pequeñas rocas meteorizadas escondidos en la selva, en las sabanas, en las altas montañas, en las orillas o en medio del cauce de ríos. La gente los llama “piedras pintadas”. En las riberas del Orinoco les dicen “Tepu-Mereme”. Se les considera obras artísticas y su función puede ser mágica, religiosa o utilitaria. En cualquier caso, son líneas purísimas, que luego también tienen presencia en la cestería, y sin duda representan lo esencial. Para nosotros, el núcleo psíquico expresión de la síntesis indígena, de la síntesis humana, mediante una obvia tendencia a la estilización y a una abstracción de forma sobre fondo. Poderosa y pura eficacia simbólica y sencillez comunicacional. Para marcar territorios, para señalar lugares de culto, para prevenir eventuales incestos. Vida y perplejidad hechas círculo, laberinto, curva y espiral. Cielo, sol, luna, tierra y dios, en torno a la imagen primordial del hombre y de su alma. En fin, lo burdo es sustrato de historias de voluntad y trascendencia. De sumisión a lo natural y reverencia al infinito. De sustancia esencial trazada en materia. Cosmos y ego eternizados en piedra.
Escarbados en la piedra
A modo de laberinto, de Luna, de sol ...
Dicen los panares que el bejuco
no debe cortarse en cualquier lugar
Aunque se les conoce también como maquiritares, este pueblo se llama a sí mismo yekuana, que significa "gente de curiara", de “ye”: “madera”; “cu”: “agua”, y “ana”: “gente”. En otras palabras, personas diestras en el manejo de una embarcación típicamente indígena, que se talla en el tronco vaciado de un árbol gigantesco. El exterior se lija y se pule. El interior se ensancha dilatando la madera con fuego. Cuando las curiaras han cumplido su vida útil, se usan para almacenar la pulpa fresca de la yuca rallada o las bebidas fermentadas de las fiestas y rituales. Paso a paso, la curiara se reintegra a la naturaleza. La curiara permitió al indígena yecuana en su nomadismo, moverse con soltura por los caminos del agua y establecerse en las riberas de los tributarios del Orinoco, en un ámbito cercano a los 30 mil kilómetros cuadrados, a horcajadas en los límites de los mayores Estados de Venezuela: Bolívar y Amazonas; en la misma mitología, un gran mandala: el ombligo y el centro del universo.
Pero los Yekwana recién creados se morían de sed. No existía agua, el Orinoco no existía todavía. No había mas que el Kashishiwari.... Mahamona, el gran brujo, oró a Wanadi. Wanadi, compasivo, trazó con dos dedos de su mano derecha, un gran surco de este a oeste. Cortando en su cabecera al Kashishiwari que bajaba de arriba (norte) abajo (sur), formó al Orinoco y sus afluentes. El agua única del único Kashishiwari comenzó a correr en ese surco divino: Así nacieron el Orinoco y los demás ríos... El Orinoco es un surco del dedo de Wanadi.
Los yekwana o makiritares son actualmente casi 5 mil individuos más o menos censados, los cuales sobreviven en el territorio comprendido entre la margen derecha del Alto Orinoco y las partes bajas del Caura y el Ventuari. Su filiación lingüística es Caribe y sus habitantes conservan casi intactos un gran número de elementos de su cultura tradicional.
Para los yekuana el hecho material está estrechamente vinculado a la vida sagrada. Los utensilios que usan para la navegación, la caza, la pesca y la agricultura son expresión de su espiritualidad.
Los yekuana son excelentes tejedores de cestas, en su mayoría para la recolección, manejo, preparación y consumo de la yuca amarga, madre nodriza de la alimentación. Su poderosa influencia se proyecta en espacios humanos vecinos, como el de los panares, quienes al extremo han refinado las wapas, robustas cestas de trama intrincada, en un principio cernidoras de la yuca, y que se fabrican como el mandala, como el casabe y como el ëttë que veremos más adelante, desde el centro hacia los bordes. Desde el individuo hacia la totalidad.
Wapa. Desde lo masculino.
La cestería es una actividad secular, desde luego inserta en el mito cosmogónico. Por cierto, dicen los panares que la materia prima, el bejuco, no debe cortarse en cualquier lugar. Nunca si la zona pertenece a Amana, ente con nombre de serpiente constrictora, mitad hombre, mitad animal, que puede matar con sus flechas a quien viole sus dominios.
Con el bejuco confeccionan la wapa, un poderoso recurso de expresión artística, en el que con gran belleza se materializa la actividad inconsciente que no puede desvincularse del hechizo del medio circundante. Así, a los motivos abstractos se suman figuras de la fauna y una extensa gama de diseños que varían según el tejedor. Pero por lo general se caracterizan por una geometría compleja y casi siempre simétrica. Algunos representan animales sagrados y míticos, como la anaconda, la tortuga, el mono, los picures, los váquiros, los jaguares o las ranas. Otros, se nutren de la vida diaria, y hasta los camiones, ruidosos intrusos de los criollos, entran en el repertorio. Yekuanas y pemones comercian con sus cestas y wapas desde el siglo dieciocho. Hoy las venden y distribuyen directamente, especialmente desde los 60s, tras la desaparición de la sarrapia, proverbial producto de subsistencia, aromática sustancia ahora despreciada por la industria universal del perfume.
En el medio yecuana y panare, así como la alfarería es eminentemente femenina, la cestería es una ocupación masculina. Desde niños, los hombres aprenden a tejer, y la tendencia es que los mejores artesanos tengan entre 20 y 40 años.
Se trata del recinto más sagrado de la tierra
Pero el epítome de la concepción cosmogónica yecuana es la construcción de una casa comunal llamada ëttë, que alberga entre 60 y 120 individuos. Para ellos se trata del recinto más sagrado de la tierra, copia idéntica del universo que un día les configuró Wanadi, de gran importancia en este tema de hoy, en particular por su diseño mandálico y simbolismo de los componentes, amén de la profunda carga arquetipal implícita en las etapas de construcción, una a una celebrada su culminación por los usuarios, con experiencias rituales de comida y bebida fermentada atizada con la música.
En planta. Una réplica de la Creación
El Ëttë. El Habitado.
El ëttë se erige en un espacio escogido y de rango superior, inmunizado contra espíritus adversos, Kanaima, por ejemplo, que succiona la sangre, y provoca disenterías y fiebres misteriosas contaminantes.
Es de planta circular y techo cónico y, visto a distancia, parece una gran cesta de entretejidas hojas de palma moriche. Sin embargo, desde dentro, ese espacio circular rematado en cono, está íntimamente relacionado con la estructura del cosmos y vincula la tierra con el mundo superior y el inframundo.
En otras palabras, una réplica de la Creación en un habitado, a la perfección pivotado en los puntos cardinales. Todo ello sin la ayuda de instrumentos y mucho menos del sistema métrico decimal, salvo segmentos de lianas calculados por brazadas o pasos, y el pilar central que simboliza, el centro cósmico y el cordón umbilical del universo. Emerge así el árbol de la vida, desde el principio de los tiempos, representación del de la yuca amarga, que une los tres mundos. Una suerte de mástil que puede llegar a medir hasta 18 metros, sembrado en tierra acompañado de un ramilletes de plantas chamánicas, y desde luego la yuca amarga, símbolo del ascenso al cielo del Mono Kushu, para robar la planta que les dio la existencia. La longitud del palo central es la unidad para determinar el diámetro del círculo interior, espacio inviolable, exclusivo para lo masculino, varones sólo allí preservados del ordenamiento matrilineal. Por su parte, en este mándala hecho colectivo, el perímetro lo constituye una corona de espacios donde habitan las familias nucleares.
La madera que se usa es la del dahaak, árbol sagrado, y cada ëttë abre su espacio central a una puerta principal que mira siempre hacia el oriente, de modo de que cada nuevo día los rayos tangenciales del sol, penetren triunfantes en el oscuro recinto y lo vuelvan a la vida y a la dimensión temporal. En una época, ese momento era celebrado con danzas y música de percusión, silbatos de arcilla y hueso, y cascabeles de caracoles.
Las postes que sostienen el techo se llaman “estelares”, al tiempo que la “vía láctea” es el horcón que las mantiene unidas, siempre en la misma orientación, aquella que marcan las estrellas.
Colocada la última palma de la cumbre y cerrados al cielo, tiene lugar el exorcismo del ëttë, un poco antes de la salida del sol. Mientras los techadores trabajan arriba, el chamán, abajo, entona su letanía para ahuyentar los demonios, o enemigos del cielo, del aire y de la tierra que merodean junto al nuevo microcosmos que nace con el ëttë...
El alma del ëttë es el jefe político del grupo familiar. El kahityana. A él correspondió erigirlo. A su muerte, morirá también el ëttë. Se sepultará su cadáver al pie del palo central. De inmediato la comunidad familiar abandonará el recinto. Así queda el ëttë en las manos naturales de la selva.
Wanadi dijo: “Quiero hacer gente allá abajo”. Envió su mensajero, un damodede. Nació aquí para hacer casas y gente buena, como en el Cielo. El damodede era espíritu de Wanadi…
Mariano Fernández.
Comunicador.
Escuela Venezolana de Psicología Profunda, EVPP.
Trabajo presentado dentro de una trilogía en torno a una aproximación al mandala, elaborado por el doctor Luis Sanz, María Leonor de Planchart y Mariano Fernández, en el IV Congreso Latinoamericano de Psicología Junguiana, que se celebro en Punta del Este, Uruguay, en septiembre de 2006.
Sin el alma, no hay forma de salir de este tiempo" C.G.Jung