CENTRO DE ESTUDIOS JUNGUIANOS

 

 Análisis psicológico y arquetipal de la película

 

 

 REGRESO A MOIRA

Trudy O. de Bendayán

 

 Este thriller psicológico del director Mateo Gil, realizado en el 2006,

 forma parte del proyecto “películas para no dormir”

destinadas a ser exhibidas por la televisión española.[1]

 

 

 

    A los veinte días del suicidio de su esposa y a los 44 años de haber partido del suelo que lo vio nacer, Tomás (Juan José Ballesta) es convocado por el destino: desde el “más allá” le envían una carta. Sin embargo, no se trata de cualquier carta: es el arcano VI del Tarot: Los Amantes. Como si deseara cerrar un círculo, Tomás emprende el regreso a la tierra de sus fantasmas. A través de sus reminiscencias, vamos recobrando los fragmentos de un complejo y tenebroso rompecabezas despedazado hacía más de cuatro décadas. De tal modo, la película va entrelazando dos tiempos: pasado y presente. Desde el pretérito, se suscita la imagen de un joven provinciano, protagonista de una tragedia… de su propia tragedia. A fin de enterrar los demonios en su tierra natal, Tomás huye hacia el extranjero, a Alemania, donde contrae nupcias. Sin mirar hacia atrás, construye una nueva vida, sin raíces ni pasado, en esta tierra extranjera y allí se realiza como escritor. Tomás retorna a ese pasado que lo convoca de manera lapidaria a través del arcano del Tarot a fin de rendir cuentas. Lo que pone en evidencia, es su incapacidad de echar tierra a todo aquello. La culpa y los fatídicos recuerdos, a semejanza del espectro hamletiano, lo acosan sin tregua. Su inconsciente, “ese que jamás olvida”, sabe que nunca existió un acto de expiación, redención o reparación a fin de solventar las deudas pendientes. Deudas que se transforman en destino como parece sugerirlo el suicidio de su esposa y la subsecuente aparición de una misteriosa baraja del Tarot. A su retorno, observa que el pueblo ha cambiado… se ha introducido el progreso. Todo se ha transfigurado menos aquello que se escapa del espacio y del tiempo pues está fuera de sus dominios: la casa de la colina. El hogar de Moira (Natalia Millán), residencia de su destino. Al arribar a su tierra, Tomás percibe una atmósfera siniestra: una estatua viviente, amortajada, gira su cuello para fijar el rostro velado en dirección del visitante. Una estatua que coincide inequívocamente con la última imagen de la Moira calcinada.  

 

 

  

 

Desde la perspectiva de la mirada retrospectiva del otoñal Tomás, vemos desarrollarse la trama teniendo como telón de fondo un pequeño pueblo localizado en las entrañas de la España de los albores del siglo XX. Un terruño pacato mayormente regido por la moral castradora y catequizante de sus mujeres: beatas a tiempo completo, trajeadas de luto o semi-luto y cuya vida gira alrededor del párroco y de su fervor a Dios. Posesos por el radicalismo católico, se sataniza todo aquello que estiman diferente. Así, las mujeres son calificadas de santas o de brujas. Podemos atrevernos a suponer que el tamaño de su sombra es proporcional a luz que intentan reflejar (tal como al final acusa Vicente, el “loco”). Ese pueblo anónimo y anodino con sus estándares canónigos y “dobles códigos morales” es el que forma parte de la memoria colectiva de España.

 

Una sequía y calor atroz azotan la comarca. Ya la naturaleza nos anuncia una desbalance. Tres virginales mozalbetes comentan con interés el chismorreo traído por las impolutas cuervas negras: ha venido una mujer al pueblo que por vivir sola en las afueras, tener gato y no pasarse las tardes en la iglesia rezando el rosario con las virtuosas, suponen que practica la brujería, entre otras artes de tan añeja data. La venida de Moira coincide, sincronísticamente, con la sequía. Mal presagio para las mojigatas que ni con sus ofrendas logran extraer ni una gota de agua de los impasibles santos. El pueblo está enfermo, hay que encontrar un culpable de la desgracia. Acorazadas en el deber ser, las frígidas matronas temen el peligro que representa para ellas el advenimiento de esta misteriosa fémina. Hay que proteger a sus hombres y sus tierras de los fatídicos encantos capaz de suscitar con su sola presencia.

 

Moira cura a Tomás herido.

 

Por su parte, con esa curiosidad e impulsividad propias de la adolescencia, los tres muchachos deciden cerciorarse por ellos mismos todo lo relativo a la información recabada entre los susurros de la censura, amenes y padresnuestros. En la casa de la colina, se amparan en los arbustos e intentan otear a esa misteriosa mujer que ha roto con la aparente venerabilidad del beatífico lugar. Al cabo de un rato, temerosos de ser descubiertos por el ruido causado por uno de ellos, los jóvenes emprenden la huída. La casualidad, el azar o el destino quisieron que Tomás se tropezara y en su caída sufriese una leve torcedura de tobillo impidiéndole reunirse con sus amigos Carlos y Vicente. Accidente que permite su encuentro con Moira y con la primera de sus muchas facetas: la de curadora. Con suprema delicadeza Moira sana el tobillo de Tomás. Su hermosa apariencia y bondadoso comportamiento desdicen las habladurías difundidas. A diferencia del enlutamiento de las poblanas y de lo austero de sus hogares, la casa de Moira, así como su vestimenta, es blanca, ligera y aireada. Moira se nos muestra como un espíritu libre. Inclusive su gato, es níveo a diferencia de aquellos más sombríos asociados tradicionalmente a las hechiceras o nigromantes.

 

Las madres saben…las madres conocen…. Así, la madre de Tomás irrumpe a rescatar a su hijo de los brazos de la pérfida mujer. Su pacato hijo, inocente como un gorrión corre el riesgo de ser presa del diablo que se presenta bajo el avatar de una hermosa e independiente mujer. Temerosa del influjo maléfico, encierra a Tomás mientras ruega por la salvación de su alma. Ya es muy tarde para ello: Tomás está hechizado. Ya ha mordido el fruto prohibido y regresará por más. Su corazón y cuerpo están insuflados por las brasas del deseo. Una pasión desbocada lo conducirá nuevamente hacia la portadora del hechizo de amor. Ella lo invita a su lecho a fin de consumar el acto sexual el cual lo ligará inexorablemente al heraldo de su destino encarnado en ella. Otro velo será descorrido y encontramos a Moira otra de sus facetas: la de iniciadora. Con voz oracular de una pitia pronuncia una enigmática sentencia:  

 

 

 

Moira y  Tomás

 

Tomás y su madre.

 

Yo soy la rueca con que se hila tu destino, soy el ovillo que se devana y la tijera con que se corta. Soy tu casa, tu felicidad y tu desdicha. Soy la parte que te toca. Hagas lo que hagas, estés donde estés, aunque no puedas verme, no podrás renunciar a mí.

 

Es que Moira conoce el desenlace de antemano. Sus artes adivinatorias han arrojado el veredicto: habrá un desposorio con la muerte. Así los anuncian los arcanos: Los Amantes y La Muerte que han sido arrojados por la cartomante. Moira, como bien lo dice, su nombre, es destino. Tomás observa las barajas del tarot. Se impresiona, aún sin comprender la extensión de su significado, pero las imágenes hablan por sí mismas. “Matrimonio y mortaja del cielo bajan”…. ¿Del cielo? No. No es la divina providencia que tiene un plan trazado a fin de llevar esta pareja a feliz culminación. Las cartas hablan….escuchemos… además de la imagen de Eros, hay tres figuras en los enamorados: el hombre está entre dos mujeres. En varias versiones del tarot esta carta alude a un escogencia entre el amor sagrado (que conduce al matrimonio) y al profano (a la concupiscencia). Otras hablan que puede surgir una lucha entre afectos de naturaleza opuesta: entre el amor filial (madre) y el carnal (amada). Sin embargo, la cámara focaliza a una de las figuras de índole siniestra y que evoca a una hechicera(o), intrusa(o) o maligna(o) encapuchada(o) lo cual sugiere que allí se haya la clave que presagia el desenlace fatídico de este fascinante y temible encuentro. Tomás asume que se trata de un hombre: “Estos somos tu y yo pero ¿éste quién es?”, refiriéndose a la tercera figura. Pero Moira, con su saber de presagios, le señala herméticamente, que bien pudiese tratarse tanto de un hombre como de una mujer. Además, añade que esa tercera figura es la que puede impedir la relación de los amantes. Como sucede efectivamente.  

 

 

 

Moira se nos ha ido revelando como sanadora, iniciadora y bruja. Sin embargo, faltan aún facetas por descubrir.

 

Carlos y Vicente, envidiosos de la suerte de su amigo, a semejanza de las hermanas de Psique, comienzan a envenenar la mente de Tomás con habladurías y especulaciones: “Ella es una bruja y más puta que una gallina. Mientras tú la ves de día va a verla otro más hombre que tú se la folla en las noches”. Carcomida su alma por las dudas increpa a Moira al respecto. Ya no es el apocopado joven que vimos al comienzo. Tomás se va tornando más visceral y violento. Moira le pone coto: ella establece las reglas de juego. Ni le afirma ni le niega lo que desea saber. Enfatiza que la noche le pertenece a ella sola. ¿Cómo sabrá Tomás acerca del momento adecuado para reunirse con su amada? Moira le señala que lo sabrá su corazón. Al fin y al cabo, hay algo secretivo, íntimo, enigmático que ya los ha enlazado. Algo del orden de lo inefable.

 

Pero los envidiosos amigos no cejan en su empeño y la mente de Tomás se llena de imágenes fantasmagóricas. El gorrión Tomás se va tornando también en ave de rapiña que se va devorando sus propias entrañas. Su carácter se agria y se exalta su estado de ánimo. En una de sus peregrinajes nocturnos en los que hace de centinela y celador de la casa, Tomás observa un misterioso visitante que, como el tercero de los Amantes, supone hombre. No sabemos qué fue lo que vio por la ventana. Pero, para su febril mente y amargo corazón, todo estaba dicho antes de decirse: la respuesta la tenía de antemano. A modo de profecía auto-cumplida, Tomás alucina un encuentro íntimo entre Moira y el encapuchado. Sintiéndose traicionado, va en busca de su instrumento de venganza y quién mejor que la madre para ello: “ella me hechizó…. Me ha forzado…la he visto con el diablo en la cama”. Para que más… la prueba que todas las santurronas esperaban. Resucitando de las polvorientas páginas de la historia la común usanza medieval para el caso de las brujas, el enajenado pueblo prende fuego a la intrusa…. y a su gato. Por supuesto, en Nombre del Padre; “Castigo de Dios” es el decreto de la madre. Pues parece que en el Nombre del Padre todo es falible de justificarse. Sin embargo, para Moira también es una profecía auto-cumplida. Como la legendaria Carmen de Bizet, acomoda el destino dar cumplimiento cabal al decreto de los arcanos: ella es quien parece haber enviado la carta de Los Amantes a la habitación del joven atormentado provocando su salida aún sabiendo que tiene un encuentro pautado con la encapuchada. Después de su calcinación, se devela otra faceta de Moira: la de Atropos, la Moira que corta el hilo de la vida, con sus labores abortivas. Ella es sanadora y asesina; es revelación y ocultamiento; inicia y finiquita. Ella es vida y muerte a la vez.

 

 

 

 

 

Tomás no solo evoca paso a paso ese pasado sino que nunca lo ha olvidado como parece indicarlo la imploración de perdón que hace hincado de rodillas frente al retrato de la esposa muerta. Pide clemencia por su obsesión. Una obsesión que lo ha perseguido por 44 años hasta alcanzarlo finalmente: “Estamos unidos para siempre”, fueron las primeras palabras que pronunció Moira luego de la cópula. Él busca a sus antiguos camaradas. Necesita llenar sus espacios que dejó en blanco con su huída o sólo compartir en complicidad lo que otrora les trajo la sequía. Pero Carlos dejó ese episodio de horror atrás y no tiene intenciones de resucitarlo: “no es sano hurgar en el pasado”. Vicente devenido en el “loco del pueblo”, escucha y comprende lo que la sanidad no permite aceptar: lo inexplicable. Además, como el antiguo bufón del rey (Carta del Loco) dice lo que callan los demás: “Nadie quiere ver nada. Nadie quiere saber nada. Es como si no hubiera pasado el tiempo. Puto pueblo de cobardes”. Vicente sabe de la deuda que tiene el pueblo antes los ojos de Dios y sabe con certeza a lo que ha venido Tomás: a unirse con Moira en el más allá. Tomás ha dado satisfacción a la jugada del destino: los arcanos de los Amantes y la Muerte deben estar unidos.

 

   El  Ànima como Destino

 

 

   

ánima

 

ánima

 

Moira se nos presenta como encarnación del ánima de Tomás. El arquetipo del ánima, de acuerdo a Jung, comprende, para el hombre, toda la experiencia humana relativa al sexo opuesto: “En el hombre existe una imago no sólo de la madre, sino de la hija, la hermana, la amada, la diosa celestial y la diosa infernal” (CW 9ii, 24). El filósofo francés Gastón Bachelard asocia el ánima con el reverie (ensoñación); el islamista y también filósofo francés Henri Corbin con la imaginación, el filósofo renacentista florentino Marsilio Ficino con la fantasía y destino mientras muchos pensadores, con la vida y la muerte. Acorde a Jung, el ánima es el arquetipo no sólo de lo femenino sino de la vida misma, pues es la imagen del alma. Siendo el arquetipo de la vida misma está inexorablemente ligado al destino.

 

 

Jung señala: “el ánima responde imaginativamente y mágicamente, agitando la imaginación y atrayendo la inspiración, las maquinaciones, las peregrinaciones y las persecuciones. Y si bien no tiene nada que ver con los asuntos cotidianos, sí tiene que ver con el destino. ¿Quizá estas imágenes eternas, se pregunta Jung, es lo que los hombres han llamado destino?” (CW 7, 183). El ánima es el heraldo del destino.

 

Jung relaciona el ánima con el arquetipo materno:

 

“La primera portadora de la imagen del ánima (alma) es la madre, y los son más tarde las mujeres que estimulan el sentir del varón, no importa que sea de modo negativo o positivo. Por ser la madre la primera portadora de la imagen del alma, la separación de ella es una ocasión delicada e importante….De ahí que se organice entre los primitivos, gran número de ritos que promueven esa separación... El hombre civilizado moderno no cuenta con esas medidas de educación,… Las consecuencias es que el ánima se transfiere a la mujer en forma de imagen materna, con el resultado de que el hombre se vuelve infantil, dependiente y sometido, o, en otro caso, de mal carácter, tiránico, quisquilloso, siempre atento al prestigio de su superioridad masculina… Busca que su mujer asuma el rol mágico materno… busca en realidad la protección de la madre” (Jung 1990, 96-97).

 

El ánima debe ser diferenciada del complejo materno pues, de lo contrario, la escogencia de pareja que se realiza será “O igual a mi madre o completamente distinta a mi madre”, pero en todo caso la madre será siempre el punto de referencia.

 

 

Pero, el ánima es un complejo autónomo y si no se logra transformar en una mediatriz, es decir sirviendo de puente entre el yo del hombre y su mundo interno, tendrá un efecto destructivo sobre el destino del individuo. El ánima es el alma del hombre y lo provee del sentido de lo valioso y profundo de su existencia. Por ello, es una metáfora para la vida interior del hombre, su relación con el cuerpo, los sentimientos y los valores espirituales. Su ausencia o posesión es causa de dispersión, sentimientos de vacío, desarraigo y la búsqueda permanente –e infructuosa- de “ella” en el mundo externo lo cual, a su vez, lo va alejando cada vez más de su propia alma.

 

 El ánima, como todo lo psíquico, es una estructura arquetipal bipolar o ambigua. Como tal, incluye todos los aspectos de lo femenino. “Por ello”, escribe Jung, “ella puede aparecer positiva en un momento y negativa en el siguiente; ahora joven, ahora vieja; ahora madre, ahora doncella; ahora como hada buena, ahora como bruja; ahora como santa, ahora como prostituta” (CW 9i, 356). En su carácter de energía lunar femenina, el ánima encarna las fuerzas cíclicas de creación, crecimiento y destrucción. Por su parte, el arquetipalista James Hillman señala: “el ánima es frágil y fuerte, cultura y naturaleza, inocente y vil, oculta y revelada” (1996, 27).  Moira, nuestra protagonista, contiene en sí tales polaridades.

 

Sin embargo, Hillman aclara: no cualquier figura femenina puede ser una encarnación del ánima. Para ser reconocida como tal debe poseer un carácter numinoso. Es decir, una figura plena capaz de trasmitir asombro, temor, imponencia y provocar la exaltación de la emoción (cf. Ibíd.).  

 Como complejo autónomo, el ánima “se interpone como una amante celosa que quiere enajenar al hombre de su familia” (Jung 1990, 99). Usurpa la personalidad en la cual se activa (como en el caso de Tomás). Por ello Jung sugiere que debe ser destruida por medio de la concientización a fin de trasmutarla de complejo autónomo a su papel de conductora o mediatriz. Ejemplos de la traición al ánima son numerosos en la historia, literatura y mitos: Jasón abandona a Medea la hija del rey Eetes. Ella era hechicera y se enamoró apasionadamente de Jasón. Lo ayudó a llevar a buen término su hazaña (previo compromiso de Jasón de llevarla consigo a Yolcos), poniendo en práctica su brujería. Dio a Jasón una pócima mágica para que no le hicieran daño los toros monstruosos. Pero más tarde Jasón repudió a su mujer para casarse con Glauca de Creón, el rey de Corinto. Teseo, también abandona a su ánima encarnada en Ariadna, la Dama del Laberinto, en la playa de Naxos luego de que ésta lo ayudó a darle un ovillo para salir del laberinto en el entró para matar al medio hermano de Ariadna, el Minotauro. Teseo se casa con la amazona Hipólita y luego con Fedra.

 

Pero Tomás no puede abandonar la imagen de Moira. No ha tenido el tiempo necesario para transformar el complejo autónomo en función relacional entre lo consciente y el inconsciente. Tampoco tenía la edad para ello. Quedó, así, atrapado en la fascinación y en el horror: es decir, el ánima conservó toda su fuerza (numinosidad). Ella seguía teniendo sobre la personalidad de Tomás el poder arquetipal encarnado en el ánima. Es decir, Moira posee (viva o muerta) toda la fuerza demoníaca de un complejo autónomo: su naturaleza sigue siendo bestial y divina. Tal como Ella-la-que-debe ser-obedecida del escritor inglés Rider Haggard, el ánima posee una fuerza mágica en su personalidad o maná.[2] De tal manera es un “ser compenetrado de una cualidad oculta, fascinante, dotado de conocimientos y poderes mágicos”, escribe Jung (1990, 129). A diferencia de aquel que domina su ánima hará que el factor ánima pierda su maná (su fuerza mágica) a fin de incorporar tal fuerza a su propia personalidad.

 




 

Jung describe asimismo al ánima como “elusiva, enigmática, vacía, vaga, nívea (o negra), el humo, la niebla, la opacidad, lo enigmático, lo oscuro de nuestro actuar. A través de la historia se la ha traicionado, velado, escondido o encarcelado en la oscuridad de la materia prima. Ella genera ilusiones. Carece de luz, moralidad, significado, intención, tiempo histórico, imágenes culturales….. es ajena al mundo de la consciencia. Cuando se consteliza rarifica la atmósfera, rechaza a los intrusos, amenaza con la confusión y hasta la locura. Induce al suicidio” (CW 10, 79). Ella nos hace inconscientes, es la propia locura de la vida: “Con el arquetipo del ánima entramos al ámbito de los dioses…. Todo lo que el ánima toca se transforma en numinoso –incondicional, peligroso, tabú y mágico,” concluye Jung (CW 9i, 59).

 

 Los hechos en la vida de Tomás se precipitan de tal forma que el muchacho no ha podido recoger las proyecciones y Moira permanece como la portadora del maná (la fuerza vital o carisma que debieran ser de Tomás). Así, el desdichado hombre permanece fijado en la Rueda de la Fortuna encarnado por Moira a semejanza de la figura del mítico Ixión. Y “estar amarrado a la rueda”, a semejanza del legendario personaje, señala Hillman, “es estar situado en un lugar arquetipal, atado a los vaivenes de la fortuna, a los cambios de la luna y de la suerte, a las infinitas repeticiones, al eterno retorno de las mismas experiencias sin poder alcanzar jamás la liberación. Es estar en un lugar donde todo se mueve y, a la vez, nada cambia; es la vida como déjà vu” (1979, 161).  

 

 

Espero me permitan una divagación llegado a este punto pues nos hallamos ante un tema arquetipal: libertad versus determinismo. Un tema tratado infinitas veces por la filosofía ¿Existe eso que llaman destino? Y ¿quién rige ese destino? ¿Ananke, la Necesidad? Este tema merece un capítulo aparte pero no quisiera dejar de mencionar si existe eso que llamamos intuición, presentimiento, presagio, sueños anticipatorios, vaticinios, etc. y los mismos resultan confirmados por los hechos quiere decir que los “dados ya han sido echados de antemano” o, por lo menos, hay una inclinación para el curso de un determinado evento y hasta de una vida. Schopenhauer señala al respecto: “Nada es absolutamente fortuito, sino que incluso lo más azaroso no deja de ser algo necesario, sólo que llegado por un camino muy lejano; pues, en algún punto muy remoto de la cadena causal, se hallan las causas que ya han determinado, hace largo tiempo, que tal cosa tuviera lugar justo ahora” (2002, 32). Por ello concluye que la unión del azar con la necesidad (Ananké) forjan nuestro destino.

 “¡Destino, muestra tu poder! Nosotros no disponemos de nosotros mismos. Lo que está decretado debe cumplirse ¡que así sea!”, escribe Shakespeare en Noche de Epifanía.

 Con todo, es relevante destacar que cuando no se logra de-potenciar la fuerza de cualquier complejo autónomo, particularmente del ánima, arquetipo de la vida misma, el destino se convierte en agente rector de nuestra vida.  O, como bien lo dice Jung, “cuando una situación interna no se hace consciente, ocurre afuera como destino.”

 Con todo, el ánima siempre es fuente de inspiración. Es la musa, el “eterno femenino” que describe Goethe como aquello que impulsa al hombre hacia arriba. Hacia estados celestiales. En razón de ello, Jung sugiere al escritor y diplomático chileno Miguel Serrano:

 Si usted llega a encontrar alguna vez en su vida a la Reina de Saba, en carne y hueso, por esa ley acausal del sincronismo, no cometa el error de casarse con ella. La Reina de Saba es para el amor mágico, jamás para el matrimonio. En el matrimonio se destrozarían ambos, se desintegraría su ánima numinosa… (Serrano 2004, 91).

 

Y como hablando para sus adentros continúa diciendo:

 

En alguna parte, alguna vez, hubo una Flor, una Piedra, un Cristal; una Reina, una Rey, un Palacio; un Amado y una Amada hace mucho, sobre el Mar, en una isla…hace cinco mil años… Es el amor, el la Flor Mística del Alma, es el Centro, es el Sí-Mismo…Nadie entiende esto, sólo algunos poetas, sólo ellos me comprenderán (Ibid., 95).

 

 Una cosa es relacionarse con tal figura interna o con su proyección externa y otra es la posesión del ánima. Por ello, Hillman advierte: “El ánima posee un poder diamónico, y mientras más profundamente la seguimos, más fantástica se vuelve nuestra consciencia. Unirse al ánima significa unirse a la psicosis, al temor de la locura, al suicidio” (1985,135).

 Tomás se unió literalmente con su ánima, con su Moira, para después de ser poseso por un delirio psicótico. Tomás le entregó a su ánima en sacrificio lo que resulta ser el don más valioso de cualquier ser: la vida misma.

 

El tiempo es-

El Amor es-

La Muerte es-

Y la Rueda gira.

Y la Rueda gira,

Y todos estamos atados

a la Rueda.

 

P.E. Zimmer.

 

 

REFERENCIAS

 

Hillman, J. 1979. The Dream and the Underworld. New York: Harper and Row Publishers.

Hillman, J. 1985. Anima. Woodstock, Ct.: Spring Publications.

Jung, C. G.  1979. Collected Works. Sir Read, H., Fordham, M., Adler, G. and McGuire, W. (eds.), 20 vol. Princeton: Princeton University Press (Bollingen Series XX).

Jung, C. G. 1990. Las relaciones entre el yo y el inconsciente. Barcelona: Ediciones Paidós.

Schopenhauer, A. 2002. Los designios del destino. Madrid: Editorial Tecnos.

Serrano, M. 2004. El círculo hermético. Buenos Aires: Editorial Kier.

 


[1] Regreso a Moira es el cuarto título rodado hasta la fecha de Películas para no dormir, un proyecto impulsado por Narciso Ibáñez Serrador -inspirado, a su vez, en las Historias para no dormir de Televisión Española en los años sesenta- que coproducen Tele 5 y Filmax.

[2] Maná es una palabra procedente de la antropología y su origen es melanesio. Se refiere al poder extraordinario o supernatural que emana de ciertos individuos, objetos, acciones y eventos. Hoy en día se le equipara con el carisma o fuerza vital.

Sin el alma, no hay forma de salir de este tiempo" C.G.Jung